Puerto Madryn. Laura Frías y Pablo Gorosito abandonaron el ritmo caótico de Buenos Aires en busca de tranquilidad y un nuevo horizonte familiar. Encontraron su lugar en el mundo en el barrio ecológico El Doradillo, donde fundaron Finca Caballo Blanco, un proyecto sustentable que combina viticultura extrema, olivos y alta gastronomía con vista al Atlántico.
El paisaje otoñal expone la transición de la naturaleza, pero no opaca la magia del lugar. En el salón se fusionan el murmullo de los comensales, la música de fondo y el tintineo de los cubiertos, mientras los ventanales revelan una postal única de la estepa que abraza al Golfo Nuevo.
Este rincón productivo cobró vida gracias a una pareja que decidió reinventarse por completo. Según una reciente entrevista publicada por el portal ADNSur, ambos emprendedores son oriundos de Lomas de Zamora y decidieron mudarse a la Patagonia tras sufrir hechos de inseguridad y con el profundo deseo de formar una familia, un anhelo que se concretó en este entorno natural con la llegada de su hijo Noah.
La conexión de Pablo con la tierra no es casualidad; creció escuchando las historias de su abuelo, quien fue puestero en los campos bonaerenses. Esas narraciones lo impulsaron a trabajar en el ámbito rural durante su juventud, aprendiendo los oficios tradicionales en una época donde las comunicaciones dependían de subirse a un cerro para encontrar señal celular.
Tras un período de distancia, regresó a la ciudad, trabajó en la tornería de su suegro y se formó en el ámbito comercial. Laura, por su parte, se dedicó a la docencia tras licenciarse en lengua inglesa. Aunque consolidaron una buena posición económica, la necesidad de un cambio de aire los trajo a Puerto Madryn, a un terreno que inicialmente visualizaban como un espacio de descanso y que terminó transformándose en su hogar definitivo.
El terreno, que originalmente era un descampado de monte y aridez, se modificó a lo largo de una década de trabajo manual intenso. El proyecto comenzó con la plantación de un olivo y frutales, pero el verdadero desafío llegó con la propuesta de producir vino en una zona balnearia. Con el asesoramiento técnico de especialistas y enólogos del INTA Trelew, la finca logró cosechar sus primeras variedades de:
Pinot Noir: Un tinto ligero, con buena presencia de amargura y color sutil.
Malbec: Una opción de buen cuerpo, color intenso y persistencia en boca.
Chardonnay: La cepa blanca que completa las 1350 plantas de vid actuales.
Un ecosistema autosustentable: El viñedo se encuentra en una zona con precipitaciones que apenas alcanzan los 250 milímetros anuales. Para superar la escasez de agua, implementaron un sistema de biofiltros y biodigestores que recicla los recursos del restaurante para regar las cortinas forestales que protegen los cultivos del viento.
El establecimiento funciona bajo el concepto de “kilómetro cero”, lo que significa que la materia prima va directamente de la tierra al plato. Además de las vides, el predio de 22.500 metros cuadrados alberga 200 olivos (con los que producen su propio aceite), colmenas de apicultura, un gallinero y una huerta orgánica de donde se extraen las aromáticas y los frutos para los postres.
La propuesta gastronómica consta de pasos maridados que celebran los sabores de la región, incluyendo opciones como brochetas de langostinos, vieiras gratinadas, empanadas de cordero y lomo con puré, coronados con helado de membrillo artesanal.
Ubicada estratégicamente a solo dos kilómetros de la playa Las Canteras y a diez del acceso a Península Valdés, Finca Caballo Blanco abre sus puertas de viernes a domingos exclusivamente con reserva previa, consolidándose como el portal de los vinos más australes del Atlántico.
Por Fredi Carrera. Lic. Comunicación Social. UNPSJB