La propuesta apunta a consolidarla como un recorrido de largo aliento, similar a los grandes senderos internacionales.
Así, el caminar se transforma en una experiencia de conexión con la naturaleza y la historia local.
De acuerdo con noticiasambientales. La Huella Andina es el primer sendero de largo recorrido de Argentina.
Con 570 kilómetros, enlaza el lago Aluminé con el lago Baguilt. Además, atraviesa Neuquén, Río Negro y Chubut, integrando territorios diversos.
A lo largo del trayecto, el sendero cruza los parques nacionales Lanín, Nahuel Huapi, Los Arrayanes, Lago Puelo y Los Alerces.
De ese modo, protege paisajes de alto valor ecológico. Al mismo tiempo, promueve un uso responsable del ambiente.
El trazado recupera antiguas picadas utilizadas por pobladores rurales.
Por eso, conserva una memoria viva del vínculo entre personas y territorio. Además, está pensado para caminantes con poca experiencia.
El diseño prioriza etapas accesibles y ritmos tranquilos.
De esta manera, el sendero invita a observar, descansar y habitar el paisaje.
Esta lógica refuerza un turismo de bajo impacto ambiental.
La iniciativa original buscó unir caminos existentes con nuevos tramos.
De ese modo, se logró una continuidad inédita en la cordillera patagónica.
Sin embargo, el mantenimiento desigual frenó su consolidación.
En la actualidad, gran parte de las dificultades se ubican fuera de áreas protegidas.
Allí, la falta de mantenimiento y acuerdos con privados limita la continuidad.
Además, incendios forestales borraron señalizaciones clave.
Los sectores más afectados se extienden entre Manso Inferior y Puerto Patriada.
También existen interrupciones entre Puelo y el Desemboque. En esos puntos, el acceso está restringido o sin demarcación.
Frente a este escenario, los guías proponen acciones conjuntas.
Por un lado, convocan a voluntarios para reabrir senderos.
Por otro, solicitan renovar acuerdos provinciales con propietarios rurales.
En el Parque Nacional Lanín ya se avanzó con un diagnóstico. Allí se otorgaron permisos especiales para señalizar nuevamente los caminos.
La intención es replicar este modelo en Nahuel Huapi y Los Alerces.
Estos acuerdos permiten una convivencia entre conservación y uso turístico. Además, habilitan a los privados a ofrecer servicios vinculados al sendero.
De ese modo, el camino vuelve a integrarse a la vida local.
La experiencia demuestra que, cuando hay organización, el sendero revive. Sin embargo, necesita continuidad institucional.
Así, la Huella Andina puede volver a ser un proyecto colectivo.
Reactivar la Huella Andina favorece un turismo de bajo impacto. Caminar reduce emisiones y minimiza la presión sobre los ecosistemas.
Además, promueve una relación más consciente con la naturaleza.
Desde lo social, el sendero fortalece economías regionales. Atraviesa ocho ciudades y numerosos pueblos poco visitados.
Así, genera ingresos distribuidos en alojamiento, comida y servicios.
Finalmente, la Huella Andina incentiva el cuidado del territorio. Quienes caminan se convierten en guardianes del paisaje.
Por eso, mantener vivo este sendero es apostar por una Patagonia sostenible y abierta al mundo.