Esquel es una ciudad que cautiva a través de sus paisajes y de las vivencias de sus pioneros. En este sentido, la Laguna Willmanco representa el ejemplo perfecto de cómo la geografía y la memoria local se fusionan. Este rincón patagónico, ideal para desconectarse y respirar aire puro, esconde detrás de su denominación un relato fascinante que nos transporta a los primeros años de la comunidad.
Contrario a lo que muchos creen, el término «Willmanco» no posee raíces en lenguas originarias ni fue producto del azar. En realidad, se trata de la deformación cotidiana de un apodo nacido en el día a día de un colono galés llamado William J. Roberts.
Roberts fue uno de los tantos pioneros que eligió estas tierras para trabajar y echar raíces. Sin embargo, su fisonomía —le faltaba un brazo— no pasó desapercibida para los habitantes de aquel Esquel en formación. Por esta razón, los antiguos pobladores comenzaron a llamarlo cariñosamente «Will, el manco».
Según los registros históricos y las investigaciones compartidas por el CENPAT (Centro Nacional Patagónico), la evolución de la lengua oral terminó moldeando este rincón. Con el paso de las generaciones, aquel sobrenombre de vecindario se fusionó de forma definitiva hasta convertirse en una sola palabra. De este modo, lo que surgió en las charlas de almacén terminó bautizando oficialmente al famoso espejo de agua.
En la actualidad, este espacio no solo resguarda una belleza natural imponente, sino que también funciona como un valioso recordatorio de la identidad regional. Por lo tanto, visitar sus orillas es también una forma de homenajear la memoria de los hombres y mujeres que forjaron la historia de la región.
Si estás planeando tu visita, tené en cuenta los siguientes datos:
Ubicación: Se encuentra a pocos kilómetros del centro urbano de Esquel.
Entorno: Está enmarcada por la imponente silueta del Cerro 21.
Actividades: Es un sitio excelente para el senderismo, la fotografía y la conexión profunda con la naturaleza.